martes, 6 de marzo de 2018

18. La Sucesión Apostólica como justificación de la Primacía Papal


18. La Sucesión Apostólica como justificación de la Primacía Papal: 

El Vaticano sostiene que, si Pedro tenía una jerarquía de autoridad por encima de todos los demás apóstoles, y si en verdad tenía una posición de poder mayor que todos los obispos de la época, después de su muerte, los líderes obispos de Roma que tomaron su lugar en esa Iglesia, también retuvieron el mismo poder o “heredaron” esa misma importancia eclesiástica y preeminencia. A esta doctrina católica se le conoce como la Sucesión Apostólica y ha sido la justificación por la cuál los líderes de la Iglesia de Roma han ejercido su autoridad sobre las Iglesia Católica durante los que siglos siguientes hasta la fecha. La doctrina de Supremacía de Pedro fue fundamental para justificar la Primacía Papal en base a la idea de Sucesión Apostólica. Estas ideas fueron defendidas por Ignacio de Antioquía (quien dijo que “deberíamos ver al obispo como si viéramos al mismísimo Señor”); Ireneo de Lyon (quien enseñó que si habían disputas locales sobre la legitimidad de una Iglesia, la Iglesia de Roma debía decidir cuál era la dominante), y otros obispos de Roma como Calixto I (ca. 217-222), Cornelio (ca. 251-253), y Esteban I (ca. 254-257). La Primera Epístola de Clemente (escrito apócrifo atribuido a Clemente I, considerado uno de los primeros Papas). 

En los siglos III y V, los Papas, cardenales y obispos católicos eran designados por los emperadores romanos, mismos que convocaban los concilios; sin embargo, con la caída del imperio de Occidente, comenzaron a ser elegidos por los reyes seculares. Debido al desacuerdo entre los mismos y las guerras de la época, distintos gobernantes comenzaron a hacer nombramientos simultáneos y hubieron papas que se disputaron la legitimidad. Tratando de evitar esto, el Papa Símaco, instituyó la práctica de que los papas nombraran a sus propios sucesores, pero esta medida pasó mucho tiempo sin practicarse. Desde el siglo III y a lo largo de la Edad Media, muchos obispos internos (inconformes con que los Pontífices electos como Obispos de Roma ejercieran decisiones arbitrarias sobre de ellos), comenzaron a cuestionar la veracidad de sus propias autoridades Papales, lo cual ocasionó divisiones tempranas. En 1054 se produjo una gran división llamada “el Gran Cisma de Oriente y Occidente" en la cual dos Papas en turno se excomulgaron mutuamente y muchos patriarcas se la Iglesia Católica (Romana de Occidente) se separaron para formar la Iglesia Ortodoxa (Griega de Oriente), que ganó muchos adeptos en Europa Oriental a través del Imperio Bizantino y actualmente subsiste con su propio Patriarca en Rusia. 

Entre el siglo XIV y XV, otra gran división conocida como “el Gran Cisma de Occidente” (1378-1417) ocasionó que hubieran tres obispos declarados como papas disputándose simultáneamente el título de Papa en Roma, Aviñon (Francia) y Pisa, Italia (cada uno con sus propios seguidores en distintas partes de Europa y sectores de la Iglesia). Una vez restituido el orden, la doctrina de Sucesión Apostólica fue defendida citando los escritos de Ireneo, Cipriano, San Agustín, y los Papas Inocencio I, Leo I, Gregorio VII que también la defendían. Este principio fue ratificado en el Edicto de Milán, el Concilio de Nicea, el Primer Concilio de Constantinopla y el Concilio de Éfeso. Hoy en día, la ICAR define al Papa como el Obispo de Roma y la persona que cumple la posición máxima sobre toda la Iglesia, donde él es descrito como “el Obispo de Roma, el sucesor de Pedro y la fuente visible y perpetua y fundamento de la unidad tanto de los obispos como de todos los fieles” (Catecismo; Segundo Concilio Vaticano, Lumen gentium). Cuando se dice “perpetuo”, se enseña que esta posición de poder eclesiástico durará para siempre en la Iglesia Católica Romana. 

El primero en hacer una lista de supuestos sucesores de Pedro fue el obispo romano Ireneo. Hoy en día la lista oficial de los Pontífices católicos es actualizada anualmente en el Anuario Pontificio bajo el documento títulado “I Sommi Pontefici Romani” (Los Supremos Pontífices de Roma). Esta lista es publicada por la Curia Romana (conjunto de organismos e instituciones de la Santa Sede) y a la fecha ha realizado casi 200 correcciones a las biografías existentes de los Pontífices romanos; no establece números consecutivos a la lista de los papas, pues reconoce algunos casos en que no es posible identificar al Papa legítimo. Considera como uno de sus símbolos más importantes el “Símbolo niceno-constantinopolitano” que es fruto de los Concilios Ecuménicos de Nicea (325) y del Concilio de Constantinopla (381) precedidos por el Emperador Constantino (que según la leyenda, se convirtió al catolicismo al ser bautizado por el sacerdote ario Eusebio de Nicomedia en su lecho de muerte). 

En la Biblia, ni Pedro ni ningún otro apóstol sugirió que su autoridad apostólica sería pasada o heredara a sucesores, pues fue Cristo mismo el que eligió a los doce apóstoles (Mateo 10:1-15. Marcos 3:13-19. Lucas 6:12-16). Para elegir a Matías, sustituto de Judas Iscarionte, los once Apóstoles se reunieron unánimes y echaron las suertes, orando para que Dios la hiciera caer sobre aquél que quería como apóstol (Hechos 1:12-26). El apóstol Pablo fue elegido por revelación de Cristo mismo cuando iba de camino a Damasco (Hechos 9:1-19; 26:4-23) y más tarde en sus epístolas él se consideró a sí mismo un “abortivo” o añadido y el último de todos los apóstoles: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; que se apareció a Cefas [Pedro] y después a los doce; luego se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven aún, pero algunos ya duermen; después se apareció a Jacobo, luego a todos los apóstoles, y al último de todos, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí. Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la iglesia de Dios. 10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no resultó vana” (1 Corintios 15:8-10). Pablo también advirtió que después de él vendrían líderes impostores (Hechos 20:29-30) por lo cual debíamos recordar que Cristo mismo ya había establecido directamente a sus apóstoles (Efesios 4:11-15). Pablo también dijo que debíamos tener cuidado “si alguien viene y predica a otro Jesús, a quien no hemos predicado, o recibís un espíritu diferente, que no habéis recibido, o aceptáis un evangelio distinto” (2 Corintios 11:4). 

Diciendo que no quería dar lugar a que otros se consideraran apóstoles como los doce discípulos y él, prosiguió diciendo: “En verdad pienso que en nada he sido inferior a aquellos grandiosos apóstoles… lo que hago continuaré haciéndolo, a fin de privar de oportunidad a aquellos que desean una oportunidad de ser considerados iguales a nosotros en aquello en que se glorían. Porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar, pues aun Satanás se disfraza como ángel de luz. Por tanto, no es de sorprender que sus servidores también se disfracen como servidores de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras“ (2 Corintios 11:12-15). Pedro mismo también profetizó: “habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras,... por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas” (2 Pedro 2:1-3).

La documentación histórica registra que la Iglesia Católica Romana nació como producto de una de las muchas iglesias que se encontraban en Roma en tiempos del gobernado pagano Constantino I “el Grande” emperador romano (306-337). Después de dos siglos de violenta persecución contra los primeros cristianos, Constantino reconoció que su imperio se encontraba gravemente dividido en fracciones y trató de conciliar la religión romana y las tradiciones paganas con algunas ideas del cristianismo. En el año 313 d.C., junto al emperador Licinio, emitió un decreto oficial llamado Edicto de Milán, donde informó que la difusión del cristianismo sería tolerada (dejarían de ser perseguidos) y la autoridad de los obispos y líderes religiosos que se encontraban en Roma sería reconocida. Constantinó convocó al Primer Concilio de Nicea (325d.C.) reunión ecuménica a la que invitó a todos los obispos del Imperio. Con sólo un tercio de los asistentes invitados presentes, Constantino acordó con ellos cerca de veinte “canons” o “nuevas leyes inmutables” de la religión aprobada por el Emperador. Una de estas reglas establecía que el Obispo de Roma se convertía en el líder “primus” (primero) por sobre todos los demás líderes religiosos. Esto originó desacuerdos y rencillas entre religiosos y obispos romanos que se desconocían mutuamente y se proclamaban obispos de Roma en diversas ciudades como Italia, Antioquía, Constantinopla, Alejandría y Jerusalén. Las divisiones terminaron un obispo llamado Dámaso I (ca. 304) fue favorecido por Constantino como el verdadero Obispo de la Iglesia Romana). Entre el año 324 y 330, Constantino ordenó la construcción de la ciudad de Constantinopla como nueva capital del imperio y construyó nuevas iglesias católico-romanas. Hizo al Palacio de Letrán la primera residencia papal para el Obispo de Roma, y comenzó la construcción de la Antigua Basílica de San Pedro que fue llamada "la Basílica Constantina". Aliado y ayudado por la autoridad civil, Dámaso teorizó acerca de la supremacía de la Iglesia de Roma sobre las demás iglesias y se adjudicó a sí mismo la línea de sucesión apostólica de Pedro, tachó a sus rivales de herejes o falsos obispos, fue el primero en la historia en ser llamado “Papa” y el primero en ser reconocido por un Jefe de Estado como el líder legítimo del “cristianismo” (catolicismo). Desde el s. XIV los líderes que trataron de usurpar el obispado de Roma sin consentimiento del obispo en función fueron llamados “antipapas” y catalogados como usurpadores.

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